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Alimentos seguros son alimentos saludables: Por qué la seguridad alimentaria ya no puede quedar al margen de la acción climática

RENDIMIENTO CLIMÁTICO

Kimberly Carey Coffin Nuestra voz de aseguramiento de la cadena de suministro Ver perfil

Publicado originalmente durante la COP30, este artículo analiza una cuestión que ahora se encuentra en plena fase de ejecución de las medidas climáticas. A medida que las organizaciones pasan de los compromisos a la implementación, las ideas que aquí se exponen siguen siendo fundamentales para lograr resultados climáticos creíbles.

 

La seguridad alimentaria ha estado durante mucho tiempo al margen del debate sobre el clima, pero la COP30 le da un protagonismo más destacado y deliberado.

Introducción

Los sistemas alimentarios están soportando la presión de los conflictos, los fenómenos climáticos extremos y el aumento de los precios, y el resultado es una realidad mundial en la que 2.300 millones de personas, es decir, alrededor del 28 % de la población mundial, se encontraban en situación de inseguridad alimentaria moderada o grave en 2024 (FAO, Informe sobre el estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo, 2025). El mundo lleva décadas hablando de la huella ambiental del sector alimentario. Lo que no ha hecho es hablar abiertamente de la verdad intrínseca: los alimentos seguros son alimentos que están garantizados, y hasta que no enfrentemos el ciclo completo de riesgos, no podemos afirmar que estamos protegiendo ninguno de los dos.

El debate actual requiere la madurez de la que ha carecido hasta ahora. Debemos ir más allá de los objetivos de reducción de carbono y del hábito de abordar los riesgos de forma aislada. La seguridad alimentaria, la gestión responsable del medio ambiente, el acceso económico y la seguridad hídrica conforman un único sistema interdependiente.

Este es el momento de tratarlos como tales.

La seguridad alimentaria y la inocuidad de los alimentos no son objetivos independientes

El público suele considerar la inocuidad de los alimentos como la disciplina técnica que mantiene los contaminantes fuera de la cadena de suministro, mientras que la seguridad alimentaria se percibe como una cuestión geopolítica o humanitaria. En realidad, son inseparables, y los alimentos no son alimentos a menos que sean inocuos. Una reserva de granos contaminados o no aptos para el consumo humano no constituye seguridad. Un campo de cultivos devastado por la sequía, las plagas o la degradación del suelo no ofrece ni seguridad ni protección.

Los impactos que comprometen la seguridad alimentaria son los mismos que comprometen la disponibilidad de alimentos: los conflictos restringen los flujos comerciales, los fenómenos climáticos extremos reducen los rendimientos y degradan las tierras agrícolas, y las presiones económicas limitan la capacidad de los hogares para comprar alimentos nutritivos. Estos no son conceptos abstractos; son reales y medibles, y están empeorando.

Si la COP30 se toma en serio la protección de los sistemas alimentarios mundiales, debe dejar clara esta conexión. La industria ya lo entiende; ahora la atención debe centrarse en el nivel de inversión gubernamental necesario para estar a la altura de ese entendimiento.

Los fenómenos climáticos extremos están remodelando los cimientos del sistema alimentario

Los incendios forestales, las sequías, las olas de calor y las inundaciones constituyen ahora un telón de fondo persistente para la agricultura y el procesamiento de alimentos, ejerciendo una presión que va mucho más allá de la volatilidad estacional. Reducen el rendimiento de los cultivos, alteran los ciclos de cosecha y aceleran la propagación de plagas y patógenos. Aumentan la dependencia de los medicamentos veterinarios, lo que alimenta la resistencia a los antimicrobianos. Generan mayor volatilidad y mayor vulnerabilidad en todas las etapas de la cadena de suministro.

Un tercio de las tierras agrícolas ya se encuentra degradada hasta el punto de tener una productividad mínima. Esto debería alarmar a cualquier responsable político que afirme tomarse en serio la resiliencia climática. No basta con centrarse en la agricultura regenerativa o en las proteínas alternativas en nombre de la reducción de emisiones. Debemos hacernos una pregunta más fundamental: ¿cómo protegemos la capacidad de producir alimentos seguros en absoluto?

La industria está dispuesta a hacer más, pero no puede ni debe hacerlo sola. La carga de la financiación climática sigue recayendo en gran medida sobre las grandes marcas, mientras que los sistemas agrícolas y alimentarios reciben solo una pequeña fracción de los fondos mundiales para el desarrollo climático. Si los gobiernos quieren alimentos sostenibles, deben ayudar a pagarlos.

Los consumidores aún no son parte de la solución

Hay una verdad incómoda que debe ser expresada: en gran parte del mundo desarrollado, el consumo de alimentos sigue estando impulsado por el deseo más que por la necesidad. Los consumidores exigen credenciales de sostenibilidad, pero no toleran precios más altos. Quieren asequibilidad, sabor y conveniencia por encima de todo. Buscan novedad y variedad, sin reconocer que la variedad en sí misma tiene un costo.

El aumento de los precios es uno de los tres principales desencadenantes de la inseguridad alimentaria, pero también es uno de los mayores obstáculos para aumentar la sostenibilidad. La inversión en gestión del agua, calidad del suelo, adaptación climática, resiliencia de la cadena de suministro y mejores prácticas agrícolas requiere financiamiento. Ese financiamiento debe provenir de algún lado.

No se trata de criticar a los consumidores. Se trata de reconocer con honestidad que falta educación. La gente no puede apoyar lo que no entiende. En la actualidad, muchos consumidores no saben de dónde provienen sus alimentos, cómo se producen o qué se necesita para mantenerlos seguros. Sin la comprensión del público, la ambición de las políticas se estancará.

El riesgo relacionado con el agua es una realidad que ya no podemos ignorar

El agua ocupa un lugar central en todos los sistemas alimentarios, pero sigue brillando por su ausencia en los debates generales sobre seguridad alimentaria. La industria alimentaria consume mucha agua. El agua es un ingrediente en casi todo lo que consumimos, un medio de transporte en procesos frágiles, una necesidad para la limpieza y el saneamiento, y la base del crecimiento agrícola. Sin agua confiable y segura, la seguridad alimentaria se derrumba. Sin agua suficiente, la seguridad alimentaria fracasa.

La gestión del agua y la contaminación del agua son preocupaciones distintas, pero igualmente urgentes. La gestión del agua tiene que ver con la administración, la eficiencia y la resiliencia: cómo las organizaciones monitorean el uso, protegen las fuentes y reducen el desperdicio. La contaminación del agua tiene que ver con la seguridad: cómo los patógenos, los productos químicos o los contaminantes comprometen la integridad del agua utilizada en los cultivos, el procesamiento o el empaque.

Ambos aspectos merecen mucha más atención de la que reciben actualmente. LRQA ya ha observado un notable aumento en el número de marcas globales que adoptan la ISO 46001 al enfrentarse a la realidad operativa de la escasez de agua. Para muchas, se está convirtiendo en un componente crítico de su estrategia de gestión de riesgos, no simplemente en una credencial de sostenibilidad. La norma ofrece a las organizaciones una forma estructurada de medir, gestionar y mejorar el desempeño hídrico, lo que a su vez fortalece la resiliencia de sus sistemas alimentarios en general. Es un paso práctico que demuestra la intención, y el ritmo de adopción muestra que los líderes de la industria reconocen la seguridad hídrica como un imperativo estratégico.

No sería de extrañar que la norma ISO 46001 se convirtiera en un elemento fundamental de la resiliencia del sistema alimentario, del mismo modo que las normas de seguridad alimentaria ya establecidas garantizan la seguridad de los productos finales. Para que la COP30 sea creíble en materia de seguridad alimentaria, el agua debe tratarse como una cuestión estratégica, y no como algo secundario.

Oportunidades en medio del riesgo

A pesar de la gravedad de estos desafíos, la industria tiene un potencial extraordinario para innovar. Muchas marcas globales ya están fortaleciendo su resiliencia mediante la adopción de la norma ISO 46001, utilizando esta para integrar una gestión del agua más disciplinada en todas sus operaciones.

El impulso también está creciendo a nivel agrícola. En el Reino Unido, los productores de brócoli han adoptado nueva maquinaria que permite la cosecha mecánica de un cultivo que tradicionalmente se cortaba a mano. Esto no solo reduce la intensidad de la mano de obra, sino que también permite aprovechar una mayor parte de la planta, lo que permite procesar los tallos sobrantes para convertirlos en nuevos ingredientes alimentarios ricos en fibra. Es un ejemplo modesto con una importancia considerable: cuando los fabricantes optimizan sus procesos, reducen los residuos, mejoran la seguridad y refuerzan la continuidad del suministro. Cuando las marcas adoptan sistemas de gestión del agua fiables, aumentan la confianza al tiempo que protegen un recurso crítico.

Estos avances demuestran que las oportunidades no están separadas de los riesgos a los que nos enfrentamos. La innovación en todos los niveles de la cadena de suministro fortalece el sistema en su conjunto, y las organizaciones que actúan con antelación ya están demostrando los beneficios.

Un llamamiento a una agenda común

El enfoque global actual de la seguridad alimentaria se asemeja a una colcha de retazos. Cada pieza es válida, pero ninguna está lo suficientemente conectada como para soportar la presión que se avecina. La reforma de los envases, la gestión del agua, la regeneración del suelo, los incentivos agrícolas, la reducción de residuos y la educación del consumidor existen como iniciativas aisladas. No lograrán un progreso significativo hasta que se unan.

El sector alimentario cuenta con la experiencia necesaria. Científicos, auditores, tecnólogos, agricultores, fabricantes y minoristas poseen cada uno una parte de la solución. Lo que falta es una agenda unificada que integre sus perspectivas en un todo coherente.

Si la COP30 aporta algo de valor duradero, debería ser esto: un compromiso para unir los fragmentos, articular todo el sistema e invertir en su transformación.

Conclusión

Si queremos un futuro alimentario seguro, debemos dejar de dar vueltas al problema y empezar a hablar con claridad. Los sistemas alimentarios han contribuido a los fenómenos climáticos extremos, pero esos mismos fenómenos ahora amenazan la seguridad, la disponibilidad y la asequibilidad de los alimentos en sí. La industria tiene un interés particular en estabilizar el sistema que la sustenta. Los gobiernos tienen la obligación de apoyarla. Los consumidores tienen un papel que desempeñar en comprenderla.

Los alimentos seguros son alimentos protegidos. Hasta que el mundo comprenda eso, seguiremos debatiendo los síntomas mientras ignoramos la causa.

La COP30 es el momento de ir más allá de los lugares comunes y enfrentar la realidad interconectada de la seguridad alimentaria. Los riesgos son inmensos, pero también lo son las oportunidades. Lo que necesitamos ahora es una conversación madura y un plan unificado que trate al sistema alimentario no como un conjunto de desafíos separados, sino como una responsabilidad compartida.

El mundo está pendiente

A medida que aumentan las expectativas en torno a la acción climática, cada compromiso es objeto de un minucioso escrutinio. Las palabras por sí solas ya no bastan. Solo prevalecerán las medidas que sean visibles, verificables y dignas de confianza.

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